miércoles, 6 de febrero de 2008

Arte para hablar

¿Por qué Lenguaje Visual?

Pasado ya un período importante dentro de la formación de un profesional del arte o de un docente de arte, es bueno preguntarse acerca de la calidad de los conceptos a adquirir en una materia que creemos específica dentro dicha carrera.
La formación en lo que denominamos visual, supone tanto la adquisición de técnicas de representación en cualquiera de los lenguajes, como la expresión y belleza de las formas resultantes para un determinado contexto.

Dichas formas serán inevitablemente interpretadas. Es decir que la obra de arte no puede eludir ni su condición formal, ni su condición de significante. Para que haya arte tendrá que haber una materialidad, una realidad objetual, que va meterse dentro de nuestra iconósfera, produciendo un estímulo sobre nuestro aparato perceptual, que nuestro pensamiento alojará en el inconsciente como un nuevo sentimiento.

Es entonces muy útil pensar al arte como “sistema de modos de significar, es decir, un sistema de modos de hacer presente un significado confundido con el significante, aun cuando éste no lo evoque en forma unívoca y convencional, como ocurre en el lenguaje discursivo.”
[1]

Siguiendo este pensamiento” lo significativo en el arte no es sólo el significante, sino la relación del significante con el significado”. Según Piguet dicha relación se nos propone como un enigma en donde el significante absorbe el significado hasta asumir la función de éste.

Toda reflexión propuesta desde la cátedra, tendrá que ver con la posibilidad de repensar los vínculos entre el significado y el significante, entendiendo que el artista, cada vez mas, se ve impulsado a convertirse en teórico de su arte, a ser filósofo de su propia obra, no mediante reflexiones exteriores que no lo afectasen, sino en un meditar constitutivo del carácter artístico de la obra misma.

Del mismo modo podemos pensar que la obra de arte se nos propone como un fenómeno complejo en donde intervienen el artista, la obra, la exhibición de la obra, el público y, a su vez, los contextos que determinan a cada uno de los actores de ésta tríada.

La lectura de la obra, la comprensión de la misma, la significación final, surgirá no sólo de la observación o el goce estético del público que observa sólo una parte del proceso, sino de la comprensión de la hermenéutica que nos propone el hecho artístico. La complejidad nos da la posibilidad de un goce estético más profundo, más cabal, mas completo. Es un camino hacia una comprensión del ser de la obra.

Esto último nos hace pensar en que, tal vez, no haya un público receptor que se encuentre a la altura de una obra de la naturaleza descripta con anterioridad. Podemos plantear aquí que “todo hombre es capaz de vivir la experiencia estética”
[2] por su carácter de “animal simbólico”, por su imposibilidad de dejar de connotar y de crear símbolos. Pero ¿será capaz de comprender nuevas formas narrativas?

Nos enfrentamos al hecho de que una obra no puede ser ininteligible, por lo tanto debe estar construida con formas e ideas que se encuentren inscriptas dentro de un universo simbólico cultural del receptor
[3]. Pero dicho “universo simbólico intrepretante”, no es estático ni unívoco, sino que se encuentra en permanente movimiento.

En ese universo simbólico compartido
[4] se construye la capacidad de comprender todo significado. Es posible que como artistas nos sintamos tentados a subestimar la capacidad de interpretación del público masivo, brindándole formas que no puedan ser leídas o comprendidas. Recordemos que vivimos un cultura visual que ha privilegiado la extensión de los saberes por sobre la profundidad de los mismos. Esto nos da como resultado un público consumidor-observador con muy pocas capacidades para diferenciar lo bueno de lo malo o mucho peor, adjudicarle valor de belleza a las cosas que “se venden” o “son útiles” o se consumen con facilidad pero, influenciado por el medio visual urbano, tiene una enorme capacidad de percepción. Una percepción[5] mucho mayor y más veloz que hace cincuenta años atrás.

De aquí que, como artistas, no debemos subestimar las capacidades de interpretación del público. Pero, sin duda alguna, estamos llamados a llenar de nuevas imágenes esos universos. Tenemos que ser capaces de evocar con originalidad el sentido del hombre moderno.
El arte que apunte a ser espejo del hombre, a mostrar el sentido del ser actual, tiene que ser un arte reflexivo y profundo que proponga un real salto cualitativo en el espíritu humano.


[1] Albizu, E. Verdades del Arte, Baudino, Buenos Aires, 2000, pag. 22
[2] Cassirer, E. Antropología Filosófica, FCE, México, 1975
[3] Webber,M. Economía y sociedad. Fondo de Cultura Económica. México, 1977. Vol I
[4] Peter Berger y Thomas Luckman: “La construción social de la realidad”. Amorrotu, Buenos Aires, 1979
[5] Arnheim R., Arte y Percepción Visual, Paidos, Barcelona, 1986.

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